Espacio

de comunicación popular

  • Carpetas

  • Estadísticas

    • 37,357 visitas
  • Administración

  • Cantáctanos

  • Twitter

    Error: Por favor, asegúrate de que la cuenta de Twitter es pública.

La crisis, el Nuevo Partido Anticapitalista, el ecosocialismo… Raoul Marc Jennar

Posted by poderpopular08 en 6 noviembre 2008

La crisis, el Nuevo Partido Anticapitalista, el ecosocialismo…

Raoul Marc Jennar [1]
Espacio Alternativo, 4-nov-08

¡Es la crisis! Sin embargo, si nos paramos a pensarlo un poco, siempre es tiempo de crisis! ¿Desde hace treinta años, hemos conocido quizá períodos donde no había crisis?

Yo nací al comienzo de la época que se nombró “los treinta años gloriosos”. ¿Pero estos años fueron gloriosos para quien? ¿Para los mineros que asistieron al cierre de las explotaciones de carbón? ¿Para los obreros de la siderurgia que cerraba sus fábricas? ¿Para todas y todos los que debieron esperar el advenimiento del mayor movimiento social de la posguerra, mayo del 68, por obtener finalmente algunas migajas de los grandes provechos obtenidos por la patronal?
Pero también cuando, pretendidamente, no hay crisis. Cuando los índice de crecimiento se enhebran. Cuando las empresas declaran beneficios, sin embargo, entonces hay crisis por aquellas y aquellos que sufren las fusiones y las compraventas de empresas, las reestructuraciones, las deslocalizaciones, las desregulaciones, las supresiones de puestos de trabajo en el seno de firmas que, no obstante, siguen obteniendo ganancias. Y, finalmente, para millones de personas que, una vez pagados sus gastos corrientes, no disponen más que de 50 euros para comer, ¿no hay quizá crisis, desde hace tiempo y cada día?

La verdad es que el capitalismo es la crisis. Es un sistema que genera crisis. Hay crisis financieras, crisis económicas, crisis sociales, crisis alimentarias, crisis sanitarias, crisis ecológicas… Y cada vez, en nombre de éstas crisis, el capitalismo impone sus soluciones, soluciones que mantienen las desigualdades, soluciones que nutren la explotación, soluciones que amparan la acumulación de beneficios por parte de una pequeña minoría. Y cuando no tiene bastante con la crisis, hace la guerra. Recordáis lo que decía Jaurès: “El capitalismo genera la guerra, como las nubes generan la tormenta”. Allí donde el capitalismo no puede explotar libremente, provoca la guerra. Muchas guerras africanas que nos presentan como contiendas civiles o tribales son, en realidad, guerras provocadas por el capitalismo. La guerra de Iraq es una guerra del capitalismo.

El año 1991, cuando se derrumbó el imperio soviético, el discurso certificaba el fracaso del comunismo. Nadie negaba que el capitalismo de Estado, burocrático y policial, hizo fracasar la realización del ideal comunista. Sin embargo, ¿este fracaso nos debería condenar tal vez a aceptar resignadamente el capitalismo? No ha llegado el momento de decir claramente y con fuerza a los capitalistas: “¿Y cuál es vuestro balance?” Cuáles son, para la mayoría de la población, los resultados del capitalismo?

Cuando cerca de tres mil millones de seres humanos no tienen acceso al saber, a las nuevas tecnologías y a los conocimientos que podrían mejorar su nivel de vida; cuando dos mil millones de personas no tienen acceso a los medicamentos esenciales; cuando mil quinientos millones de personas deben vivir con noventa céntimos de euro al día; cuando mil millones de personas sufren hambre; cuando mil millones de adultas – dos terceras partes de los cuales son mujeres – siguen siendo analfabetos; cuando más de ciento cincuenta millones de infantes – la mitad niñas – no tienen acceso a la escuela primaria; cuando un 44 % de los jóvenes en el mundo y en edad de trabajar se encuentra en paro; cuando en la nuestra rica Europa hay cincuenta millones de pobres y dieciocho millones de parados… no tendríamos quizá razón de preguntar: “Capitalistas, decidnos, ¿donde está vuestro éxito?”

El capitalismo se ha beneficiado, a base de desregulaciones masivas decididas a nivel mundial y a escala europea, de una libertad de acción que no había tenido desde el siglo XIX. Y este es su balance. Algunos nos dirán: “estáis errados. Mirad la China , desde que allí han adoptado la economía de mercado, 400 millones de chinos han salido de la pobreza”. Esta gente se olvida de decir que mil millones de chinos más permanecen en la pobreza. Porque, fundamentalmente, es eso el capitalismo: la organización de la desigualdad, la explotación de la mayoría por parte de una minoría.

Ante esta realidad, observamos dos clases de comportamiento. Hay quien considera que el capitalismo forma parte del orden natural de las cosas y que la crisis actual solo es un resbalón de malos capitalistas que habría que castigar para volver al buen capitalismo, que la democracia liberal y la economía de mercado representan los menos malos de todos los sistemas, tal como declaraba antes de ayer al anochecer a France 2 el ministro belga de finanzas.

Los que dicen eso los encontramos a la derecha – por supuesto! -, y evidentemente en el centro, pero también a la izquierda. Efectivamente, se trata de los socialdemócratas que, a partir de los años ochenta, en Francia como el resto de Europa, han acompañado – y a menudo impulsado ellos mismos – lo que viene denominándose como globalización, esta transformación del mundo en un mercado global en el que los poderes públicos ceden el paso a los actores económicos y financieros, donde los seres humanos son tratados como mercancías e incursos a las leyes de una competencia que se pretende “libre y no falseada”. La ley de desregulación financiera es una ley del Partido Socialista. El Acta Única Europea y el Tratado de Maastricht, propuestos por Jacques Delors, son la obra de los socialdemócratas. La izquierda plural comparte con otros once gobiernos socialdemócratas europeos la responsabilidad de la estrategia de Lisboa y de las decisiones de Barcelona sin las que el desguace de los servicios públicos y del derecho laboral no habría estado posible. Y hemos encontrado a la dirección del Partido Socialista los más fervientes defensores del Tratado constitucional Europeo elaborado bajo la dirección de Giscard de Estaing. Los mismos que hoy desean encendidamente que entré en vigor esta copia calcada del TCE que representa el más reciente Tratado de Lisboa, rechazado por el único pueblo que ha podido pronunciarse, el pueblo de Irlanda.

Frente a estos liberales de derecha y de izquierda – a los que se añaden hoy aquellos que los siguen por no perder los cargos que dependen de una alianza con el Partido Socialista -, hay gente convencida de que el capitalismo no representa de ninguna manera un horizonte insuperable para la humanidad. Aquellas y aquellos que no se resignan a ver la bandera de la revuelta caer de las manos de Rosa Luxemburgo a las de Ségolène Royal.

Se encuentran entre aquellas y aquellos los que hicieron campaña y se pronunciaron por un NO de izquierdas al Tratado Constitucional Europeo. Entre aquellas y aquellos que han dado apoyo a la una o la otra de las cinco candidaturas a la izquierda del P S durante las elecciones presidenciales del año pasado. Y también hay, porque es justo reconocerlo, entre las mujeres y los hombres que han votado a favor del Partido Socialista y Los Verdes. A falta de otra cosa mejor, a su juicio. Y, más allá de aquellas y aquellos que acompañan o dan apoyo a un partido político, hay también entre estas decenas de miles de personas que nombramos a veces “no afiliadas”, antinucleares, ecologistas, partidarios del decrecimiento, segadores voluntarios de campos de transgénicos, militantes de los derechos humanos, para muchos de los cuales el gran encuentro de Larzac, en agosto de 2003, fue un momento fundador.

Es a estas mujeres y a estos hombres que no se resignan al capitalismo a quien la LCR ofrece una perspectiva. Yo, que no soy miembro de la LCR ni pertenezco a la cultura política surgida de 1917 – mi cultura política tiene sus raíces al 1793 y al 1871 y en a la tradición del hombre asesinato en agosto de 1914 al Café du Croissant de París -, yo que soy uno de estos “no afiliados”, quiero subrayar con fuerza: la decisión de la LCR de disolverse con el fin de fundirse en un movimiento político que la ultrapasa, que abraza al mismo tiempo la cuestión social y la cuestión ecológica y se abre a todas y todos los que comparten este proyecto ecosocialista que constituye una decisión sin precedentes en la historia del movimiento obrero francés.

Estoy convencido: somos millones los que soñamos con una izquierda que no reniegue de sí misma cada vez que llega al poder; una izquierda que afirme sin complejos: “Sí, ha habido y aún hay explotadores y explotados”; una izquierda que reconozca la realidad de la lucha de clases, aunque la composición de las clases y las formas de lucha hayan cambiado. Somos millones los que no aceptar el capitalismo como una fatalidad. Somos millones los que queremos una alternativa. Esta alternativa, si así lo queremos todas y todos, con el Nuevo Partido Anticapitalista (NPA) pasa a ser hoy posible.

Nos hemos puesto a trabajar. Y somos mucha gente. Nuestras diversidades enriquece nuestras culturas políticas respectivas, de nuestras experiencias y también de la frescura y de la creatividad de aquellas y aquellos que no tienen ninguna experiencia, más allá de sus primeros pasos a la vida y sus primeras confrontaciones con el capitalismo.

He calificado el proyecto que impulsamos con una expresión nueva en nuestro vocabulario político: ecosocialismo. ¿Qué queremos decir con esta palabra? Partimos de una constatación: el capitalismo explota la humanidad y la tierra. En el capitalismo se encuentra al origen de la cuestión social y de la cuestión ecológica. Como lo analizó oportunamente François ChesnaisF [4], Marx constataba ya en su época que “la producción capitalista solo se desarrolla agotando las dos fuentes de las qué emana toda riqueza: la tierra y el trabajador” (El Capital, p. 182). Y Chesnais ya declaraba que “el pensamiento crítico que se reclama del marxismo ha estado terriblemente deficiente por lo que respecta a las relaciones con la naturaleza”.

Un enfoque ecosocialista significa buscar la satisfacción de las necesidades sociales de una manera ecológica. Y la satisfacción ecológica de las necesidades sociales no se puede realizar ni por vías autoritarias, ni por vías fiscales. Solo la deliberación democrática puede presidir la definición de las opciones. Eso implica revisitar la democracia para hacer lo que, ya en su tiempo, Jaurès deseaba: un utensilio revolucionario.

Sin embargo, el peligro más inminente que nos amenaza es el tratamiento capitalista de los problemas ecológicos. Un capitalismo verde está gestándose. Hemos visto las premisas con los Acuerdos de Grenelle sobre mediambiente y los múltiples impuestos que contempla el gobierno. Se trata de hacer pagar por la mayoría de la población el coste de los estragos ecológicos provocados por las ganancias de unos pocos. Estas son las soluciones que propone la derecha, pero también los social-liberales, los Verdes y todos aquellos que no quieren admitir que la carrera por el beneficio es el origen de la destrucción del entorno con todas sus consecuencias por lo que respecta a la salud, la preservación de la biodiversidad, el mantenimiento de los grandes equilibrios y la propia supervivencia de la especie humana.

Tenemos una tarea inmensa delante de nosotros. Queremos abordar de frente el doble impacto social y ecológico del capitalismo. Ninguna solución podrá ser duradera si es dentro del marco capitalista. Este es el fundamento de nuestra opción anticapitalista. Considerando el alcance de la tarea que queremos impulsar, podemos hacer mucho más que política. Podemos escribir una página de la historia.

[1] Raoul Marc Jennar: Es Doctor en Ciencias Políticas, investigador de la Unidad de Investigación, de Formación y de Información sobre la Globalización (URFIG), militante de izquierda, miembro del Nou Partit Anticapitalista del departamento de los Prineos Orientales y animador del movimento antiglobalización. firmante del «Llamado de los 200».

[2] Intervención realizada en el Miting del Nuevo Partido Anticapitalista, en Perpinyà, el 18/10/2008.

[3] Traducción de Lluís Rabell.

[4] François Chesnais, economist

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: