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¿Dónde va Cuba?

Posted by poderpopular08 en 25 marzo 2009

Guillermo Almeyra

Sí, lo sé, debería escribir sobre el fraude mediante el cual la derecha salvadoreña intentará impedir el triunfo del FMLN, sobre las posibilidades y opciones que éste tiene, así como de su programa utópico de “unidad nacional” (imagínense: ¡con una derecha asesina y proimperialista como la representada por Arena!). Pero el golpe infligido a la moral del pueblo cubano y a los defensores en todo el mundo de la revolución cubana, por la forma en que fueron defenestrados Lage y Pérez Roque, me obliga a plantear cosas más urgentes.

En primer lugar, hay que dejar en claro que las diferencias entre Fidel y Raúl Castro existen desde fines de los años 1950 por el mayor peso en el primero de lo que por comodidad llamamos, muy esquemáticamente, “voluntarismo guiterista”, y, en el segundo, de la formación en el pragmatismo sin principios y en la confianza en los aparatos propios de la formación comunista durante la guerra y en la posguerra. Pero son muchos más los puntos que tienen en común: la intransigencia en la lucha antimperialista, la voluntad de defender el poder surgido de la revolución y las conquistas de ésta, el profundo nacionalismo cubano de cuño martiano. Ellos comparten además la desconfianza en la capacidad creativa y autogestionaria de los trabajadores, a los que ven como una infantería abnegada y valiente que necesita, sin embargo, generales experimentados y audaces.

Como no conocen la historia del movimiento obrero mundial ni han hecho un balance crítico del llamado socialismo real y de sus propios errores estalinistas del pasado, desconfían de los que quieren recurrir al pensamiento de Marx (no al dogma “marxista-leninista”) y de todo lo que huela a independencia del movimiento obrero y consejismo. Fidel y sus llamados “talibanes”, que de repente pasan a ser “indignos”, y Raúl, al igual que la derecha conservadora del partido, a pesar de sus diferencias puntuales, no son sectores en pugna sino “almas”, “estados de espíritu” de un mismo cuerpo político.

En segundo lugar, la reciente crisis en el gobierno y en el partido (tanto Lage como Pérez Roque renunciaron a todos sus cargos en ambos) muestra que las necesidades del Estado se imponen a las del partido (por no hablar de los rudimentos de democracia representativa, como la Asamblea, a la que los diputados elegidos por el pueblo renuncian ni siquiera ante el partido, sino ante los dirigentes del Estado y que no discute nada, ni antes ni después de la crisis).

La supuesta “indignidad” de los defenestrados derivaría, en efecto, de sus actos como miembros del gobierno y las “esperanzas” suscitadas en el enemigo resultarían de sus actos de oficio y de sus reuniones con mandatarios extranjeros. El Estado anula así al partido y le impone sus virajes: la democracia interna y la discusión política en los organismos partidarios, así como el control colectivo sobre los dirigentes son algo inexistente.

En menos de una semana Raúl “libera de sus funciones” a los defenestrados, pero tanto el gobierno como el partido aceptan que ellos mantengan sus otros importantes cargos hasta que un dirigente –Fidel– formalmente retirado del gobierno y que no se expresó antes en el partido, modifica todo con una carta particular donde declara “indignos” y prácticamente traidores y delincuentes a esos altos dirigentes en funciones que, para colmo, durante muchos años fueron sus secretarios.

¿Dónde está la colegialidad en el gobierno? ¿Dónde la separación entre el partido y aquél? ¿Dónde la legalidad misma si se puede echar de su cargo y arruinar a un político sin juicio previo, sin discusión, sin pruebas públicas? ¿Dónde el respeto por los ciudadanos, que eligen diputados que otros anulan, y por los militantes del partido que se enteran por los diarios de que sus dirigentes ahora son réprobos? Con un partido fusionado con el Estado y subordinado al aparato estatal, sin vida política ni independencia, y con un Estado que depende del arbitrio de una o dos personas, ¿es posible acaso construir la democracia? ¿Sin democracia –sin educación política de los ciudadanos– es posible construir el socialismo?

En tercer lugar, es necesario reafirmar que los métodos aprendidos de los soviéticos no significan, sin embargo, que en Cuba exista, como por ejemplo en Corea del Norte, una mezcla de estalinismo con autocracia. Es inaceptable la redacción de las cartas de renuncia a sus cargos de Lage y Pérez Roque, que con una fórmula estereotipada impuesta aceptan la corrección de las críticas recibidas, reconocen errores que ni mencionan y, como humillación final, juran nada menos que ser fieles a Fidel, a Raúl y al partido, o sea, a dos hombres, transitorios y falibles, transformados en Papas para la ocasión, y a un instrumento, igualmente transitorio y que puede y debe ser abandonado si no sirve para el fin, que es construir el socialismo, no afirmar una burocracia estatal.

Si el régimen de Cuba fuese estalinista, el retorno al capitalismo pleno –como en Rusia o en Europa oriental– sería inevitable. No es así. El pueblo cubano sufre la burocracia, es permanentemente despolitizado y desinformado por ésta, pero no está aplastado. En el mismo Partido Comunista militan juntos los que quieren hacer carrera, los “sí-sí-sí” a todo, con los que quieren cambiar a Cuba y al mundo y construir el socialismo. El PCC no es el PCUS. La cultura adquirida por los cubanos es además una base firme que impide acallar el pensamiento crítico, y los cubanos –su historia lo demuestra– no son timoratos ni borregos.

Las confesiones ante la Inquisición humillan a quienes la aceptan, pero demuestran sobre todo el carácter indigno y la degradación moral de quienes creen poder utilizarlas como argumentos para preservar su “autoridad” que esas “confesiones” debilitan aún más. Sólo la verdad es revolucionaria. Al pueblo de Cuba y al mundo se le oculta esa verdad con el pretexto de preservar la revolución. ¡Hay que barrer ese débil muro de hipocresía que intentan imponer los burócratas!

II

La crisis del capitalismo mundial sorprendió a Cuba cuando estaba recuperándose del golpe sufrido en los años 90 por el derrumbe del Came (o Comecon), dirigido por la Unión Soviética, al cual estaba profundamente integrada. A una durísima crisis de dos décadas se agrega ahora la mayor crisis del sistema capitalista mundial y el efecto devastador de los huracanes que desolaron la isla. El grave empeoramiento de las economías china y rusa, así como la reducción a la mitad del precio del barril de petróleo venezolano, que recorta las posibilidades del gobierno de Hugo Chávez de mantener sus políticas de asistencia y sus planes de inversión, son otra pesada hipoteca para Cuba, que necesita desesperadamente inversión externa.

Peor aún, el turismo de clase media italiano, español, mexicano o canadiense, tan importante para Cuba, se reducirá y gastará menos; el precio del níquel que exporta se derrumbó, y la isla debe, sin embargo, mantener e incluso ampliar sus importaciones de alimentos debido al efecto combinado de los huracanes y la crisis crónica de su agricultura. La liberalización por Obama de los viajes de los cubano-estadunidenses podría aportar, es cierto, unas decenas de millones de dólares, pero esto sólo representará –cuando funcione– una bocanada de oxígeno. El resultado social de esta combinación de desastres es muy grave. La juventud cubana actual creció en la crisis constante y, en su gran mayoría, está atraída por el consumo de tipo capitalista que jamás tuvo, sin darse cuenta plenamente de que el mismo no está asegurado ni siquiera en Estados Unidos, donde crece el flagelo del desempleo.

Los salarios reales han caído en Cuba más de cuatro por ciento y, si bien mejoró un poco el transporte urbano que arruinaba la vida de todos, siguen vigentes la escasez de alimentos y su poca variedad, la grave crisis en la vivienda, el burocratismo y una prensa oficial que es un insulto diario a la inteligencia y la cultura de los cubanos. Esa juventud siente, pues, un descontento sordo. Una parte minoritaria más activa y consciente utiliza el campo cultural para discutir y abrirse espacios creativos y políticos; otra, muy pequeña, se hunde en la delincuencia en las ciudades, y el grueso busca sobrevivir como sea, “inventando”, y aunque no deja de ser antimperialista y de defender la soberanía nacional, se aleja de la política y desea elevar sus consumos de todo, de lo necesario y de lo superfluo, porque no concibe necesidades alternativas.

Las diferencias que estallaron en el gobierno y en el partido, que demostraron la existencia de diversas “almas” u opiniones que no discuten abiertamente entre ellas pero de todos modos se oponen, expresan simplemente el reflejo de esas diferencias entre los sectores rural y urbano, entre la juventud y los adultos formados en el periodo anterior a la crisis de la década de los 90, y entre los cubanos “de a pie” y la burocracia. Como el partido es único, en su seno se concentran todas estas presiones y hay tendencias en formación. Gobierna hoy la alianza entre la clase burocrático-militar y la conservadora, mayoritaria en el partido; y los voluntaristas del aparato, inspirados por el ejemplo de Fidel y de Chávez, así como los partidarios de una democratización autogestionaria y consejista de la vida política cubana como base para la reorganización económica, ahora deberán remar mucho contra la corriente.

Las fuerzas armadas no pueden gobernar la economía con sus métodos. Es posible organizar militarmente el abastecimiento a las ciudades, escogiendo zonas productivas cercanas a ellas, enviando soldados a arar y cosechar, y poniendo los transportes militares como fleteros de la producción. Pero la producción y la productividad de los campesinos actuales y de quienes vuelvan al campo sólo pueden aumentar si ellos obtienen precios remunerativos, si son protagonistas de las decisiones sobre qué producir y si les reducen las imposiciones burocráticas.

Por otra parte, las tierras, obviamente, no deben incorporarse al mercado, pero sí es posible ampliar los márgenes para el mercado de sus productos mediante cooperativas o asociaciones de campesinos productores, apoyándolos puntualmente, lo cual aumentaría la cantidad, calidad y variedad de los productos alimenticios en los mercados urbanos. Lo mismo puede hacerse con la vivienda si se da a grupos de trabajadores materiales, insumos y apoyo técnico para la autoconstrucción de sus casas o para mejorarlas.

El problema mayor en Cuba consiste en que ha triunfado la tendencia que quiere centralizar el poder mediante un Estado fuerte apoyado en las fuerzas armadas, que controla el partido asfixiándolo y sometiéndolo a sus necesidades, y anula la vida democrática de base. Esta tendencia, como en Vietnam o en China, quiere una apertura al mercado, pero con la mano estatal en el freno y encauzando el proceso.

Como la crisis económica equivale a una guerra, responde con métodos de centralización militar y ni siquiera encara la posibilidad de hacer experimentos de autogestión, de permitir que en ciertos sectores los productores-consumidores determinen sus necesidades prioritarias libremente y elaboren sus planes productivos y distributivos, o que practiquen una democracia de base con autonomía de los aparatos estatal y partidario. Vamos, por tanto, a una “institucionalización” mayor, como dice Raúl Castro, y no a una democratización, a un reforzamiento, a la vez, del mercado y de los controles para capear la crisis, y no a una profundización de la lucha por el socialismo. Eso, por lo menos para mí, es lo que revela el caso Lage-Pérez Roque, primero “compañeros”, después “indignos”, y ahora de nuevo “compañeros” (pero de base), en un tira y afloja de nunca acabar. El estalinismo no tiene nada que ver con lo que pasa en Cuba; mucho menos aún, el socialismo.

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